
|

|
"Los logros científicos deberían estar siempre inspirados en imperativos de fraternidad y de paz, orientando los esfuerzos de cada uno hacia el auténtico bien del hombre y el desarrollo integral de los pueblos". Lo dijo el Papa a los participantes en la asamblea plenaria de la Academia pontificia de ciencias, a quienes recibió en audiencia el jueves 28 de octubre.
Excelencias; ilustres señoras y señores: Me complace saludaros a todos los aquí presentes mientras la Academia pontificia de ciencias se reúne para su sesión plenaria a fin de reflexionar sobre "La herencia científica del siglo XX". Saludo en particular al obispo Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Academia. Aprovecho esta oportunidad también para recordar con afecto y gratitud al profesor Nicola Cabibbo, vuestro difunto presidente. Junto con todos vosotros, encomiendo en la oración su noble alma a Dios, Padre de misericordia.
La historia de la ciencia en el siglo XX está marcada por indudables conquistas y grandes progresos. Lamentablemente, por otro lado, la imagen popular de la ciencia del siglo XX a veces se caracteriza por dos elementos extremos. Por una parte, algunos consideran la ciencia como una panacea, demostrada por sus importantes conquistas en el siglo pasado. En efecto, sus innumerables avances han sido tan determinantes y rápidos que, aparentemente, confirman la opinión según la cual la ciencia puede responder a todos los interrogantes relacionados con la existencia del hombre e incluso a sus más altas aspiraciones. Por otra, algunos temen la ciencia y se alejan de ella a causa de ciertos desarrollos que hacen reflexionar, como la construcción y el uso aterrador de armas nucleares.
Ciertamente, la ciencia no queda definida por ninguno de estos dos extremos. Su tarea era y es una investigación paciente pero apasionada de la verdad sobre el cosmos, sobre la naturaleza y sobre la constitución del ser humano. En esta investigación se cuentan numerosos éxitos y numerosos fracasos, triunfos y derrotas. Los avances de la ciencia han sido alentadores, como por ejemplo cuando se descubrieron la complejidad de la naturaleza y sus fenómenos, más allá de nuestras expectativas, pero también humillantes, como cuando quedó demostrado que algunas de las teorías que hubieran debido explicar esos fenómenos de una vez por todas resultaron sólo parciales. Esto no quita que también los resultados provisionales son una contribución real al descubrimiento de la correspondencia entre el intelecto y las realidades naturales, sobre las cuales las generaciones sucesivas podrán basarse para un desarrollo ulterior.
Los avances realizados en el conocimiento científico en el siglo XX, en todas sus diversas disciplinas, han llevado a una conciencia decididamente mayor del lugar que el hombre y este planeta ocupan en el universo. En todas las ciencias, el denominador común sigue siendo la noción de experimentación como método organizado para observar la naturaleza. El hombre ha realizado más progresos en el siglo pasado que en toda la historia precedente de la humanidad, aunque no siempre en el conocimiento de sí mismo y de Dios, pero sí ciertamente en el de los microcosmos y los macrocosmos. Queridos amigos, nuestro encuentro de hoy es una demostración de la estima de la Iglesia por la constante investigación científica y de su gratitud por el esfuerzo científico que alienta y del que se beneficia. En nuestros días, los propios científicos aprecian cada vez más la necesidad de estar abiertos a la filosofía para descubrir el fundamento lógico y epistemológico de su metodología y de sus conclusiones. La Iglesia, por su parte, está convencida de que la actividad científica se beneficia claramente del reconocimiento de la dimensión espiritual del hombre y de su búsqueda de respuestas definitivas, que permitan el reconocimiento de un mundo que existe independientemente de nosotros, que no comprendemos exhaustivamente y que sólo podemos comprender en la medida en que logramos aferrar su lógica intrínseca. Los científicos no crean el mundo. Aprenden cosas sobre él y tratan de imitarlo, siguiendo las leyes y la inteligibilidad que la naturaleza nos manifiesta. La experiencia del científico como ser humano es, por tanto, percibir una constante, una ley, un logos que él no ha creado, sino que ha observado: en efecto, nos lleva a admitir la existencia de una Razón omnipotente, que es diferente respecto a la del hombre y que sostiene el mundo. Este es el punto de encuentro entre las ciencias naturales y la religión. Por consiguiente, la ciencia se convierte en un lugar de diálogo, un encuentro entre el hombre y la naturaleza y, potencialmente, también entre el hombre y su Creador.
Mientras miramos al siglo XXI, quiero proponeros dos pensamientos sobre los cuales reflexionar más en profundidad. En primer lugar, mientras los logros cada vez más numerosos de las ciencias aumentan nuestra maravilla frente a la complejidad de la naturaleza, se percibe cada vez más la necesidad de un enfoque interdisciplinario vinculado a una reflexión filosófica que lleve a una síntesis. En segundo lugar, en este nuevo siglo, los logros científicos deberían estar siempre inspirados en imperativos de fraternidad y de paz, contribuyendo a resolver los grandes problemas de la humanidad, y orientando los esfuerzos de cada uno hacia el auténtico bien del hombre y el desarrollo integral de los pueblos del mundo. El fruto positivo de la ciencia del siglo XXI seguramente dependerá, en gran medida, de la capacidad del científico de buscar la verdad y de aplicar los descubrimientos de un modo que se busque al mismo tiempo lo que es justo y bueno.
Con estos sentimientos, os invito a dirigir vuestra mirada hacia Cristo, la Sabiduría increada, y a reconocer su rostro, el Logos del Creador de todas las cosas. Renovando mis mejores deseos para vuestro trabajo, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

Dedica la catequesis a la figura de san Alberto Magno
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 24 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI afirmó hoy, como lo ha hecho en diversas ocasiones, que, a pesar de los episodios de "incomprensión", "no hay oposición entre la fe y la ciencia", durante su catequesis en la Audiencia General, celebrada en la Plaza de san Pedro.
El Pontífice, dentro de su ciclo de catequesis sobre los pensadores de la Iglesia, centró hoy su atención en la figura de san Alberto Magno (siglo XIII), llamado así por la vastedad de sus conocimientos, que abarcaban desde las ciencias naturales a la filosofía y la teología.
Este santo, recuerda el Papa, tiene entre sus méritos el de ser maestro de santo Tomás de Aquino, además de haber introducido la filosofía de Aristóteles en el pensamiento cristiano, obra que culminaría su egregio discípulo.
Explicó que san Alberto fue un "gran hombre de Dios e insigne investigador, no sólo de las verdades de la fe, sino de muchísimos otros sectores del saber".
"Echando una mirada a los títulos de sus numerosísimas obras, se da uno cuenta de que su cultura tiene algo de prodigioso, y que sus intereses enciclopédicos le llevaron a ocuparse no sólo de filosofía y de teología, como otros contemporáneos, sino también de toda otra disciplina entonces conocida, de la física a la química, de la astronomía a la mineralogía, de la botánica a la zoología".
Ciertamente, admitió el Papa, "los métodos científicos utilizados por san Alberto Magno no son los que se afirmarían en los siglos sucesivos".
Sin embargo, añadió, "él tiene mucho que enseñarnos aún. Sobre todo, san Alberto muestra que entre fe y ciencia no hay oposición, a pesar de algunos episodios de incomprensión que se han registrado en la historia".
"Un hombre de fe y de oración, como fue san Alberto Magno, puede cultivar serenamente el estudio de las ciencias naturales y progresar en el conocimiento del micro y del macrocosmos, descubriendo las leyes propias de la materia, ya que todo esto concurre a alimentar la sed y el amor de Dios".
"¡Cuántos científicos, de hecho, tras las huellas de san Alberto Magno, han llevado adelante sus investigaciones inspirados por el asombro y la gratitud frente al mundo que, a sus ojos de investigadores y de creyentes, aparecía y aparece como obra buena de un Creador sabio y amoroso!", añadió el Papa a los presentes.
San Alberto Magno "nos recuerda que entre ciencia y fe hay amistad, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación al estudio de la naturaleza, un auténtico y fascinante recorrido de santidad".
Respecto a su papel en la acogida y valoración del pensamiento de Aristóteles en las universidades medievales, que supuso "una revolución cultural" en su tiempo, Benedicto XVI afirmó que Alberto, "con rigor científico estudió las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que es realmente racional es compatible con la fe revelada en las Sagradas Escrituras".
"En otras palabras, san Alberto Magno contribuyó así a la formación de una filosofía autónoma, distinta de la teología y unida con ella sólo por la unidad de la verdad".
Esto dio origen, explicó, a "una clara distinción entre estos dos saberes, filosofía y teología, que, dialogando entre sí, cooperan armoniosamente al descubrimiento de la autentica vocación del hombre, sediento de verdad y de felicidad".
En este sentido, concluyó augurando que "no falten nunca en la santa Iglesia teólogos doctos, píos y sabios como san Alberto Magno".
[Por Inma Álvarez]
ZS10032408 - 24-03-2010
Permalink: http://www.zenit.org/article-34773?l=spanish
Afirma el físico del Centro Español de Sindonología César Barta
MADRID, martes, 12 enero 2010 (ZENIT.org).- La tumba de la sábana descubierta recientemente en Jerusalén confirma la Sábana Santa. Lo afirma el físico del Centro Español de Sindonología César Barta Gil. Para este científico, otra interpretación sería tendenciosa y sesgada.
Arqueólogos de la Universidad Hebrea han encontrado fragmentos de sudario recientemente en una tumba de la primera mitad del siglo I en el cementerio de Hacéldama, el "Campo de Sangre" comprado con las 30 monedas de Judas para enterrar extranjeros. La tumba, en la parte baja del Valle de Hinnón, al lado de la tumba de Anás, suegro de Caifás, parece indicar que se trataba de una persona de familia sacerdotal o aristocrática.
Los textiles usados para envolver el cadáver son de buena calidad, de persona adinerada, pero de tejido mucho más sencillo que la Sábana Santa de Turín, muy distinto, según el historiador textil Orit Shamir.
La noticia del hallazgo arqueológico en una tumba de Jerusalén de un lienzo mortuorio de la época de Jesucristo, difundida por la publicación "PloS ONE Journal", se ha presentado como un argumento que cuestiona la autenticidad de la Sábana Santa de Turín. Se ha llegado a decir que "los autores del estudio concluyen que esta última no data de aquellos años".
"Sólo una interpretación muy tendenciosa y sesgada puede llegar a difundir esa idea –explica a ZENIT César Barta Gil, físico del Centro Español de Sindonología--. Si se ofrecen los datos objetivos, la realidad es más bien la contraria ya que confirma la autenticidad de la Sábana Santa en vez de cuestionarla".
Los autores del artículo titulado "Molecular Exploration of the First-Century Tomb of the Shroud in Akeldama, Jerusalem" son de Canadá, Israel, Australia, Inglaterra y Estados Unidos y no mencionan en ningún momento la Sábana de Turín.
El objetivo principal del artículo es dar a conocer su éxito en demostrar por medios experimentales que tres de los difuntos de la tumba familiar tenían tuberculosis y uno de ellos, además, era leproso. El mérito aumenta al considerar el deterioro de los restos arqueológicos encontrados.
"No se puede sino imaginar la sorpresa que invadirá a los autores al ver que su artículo ha servido para que el público hable de lo que no han descubierto en vez del progreso conseguido mediante los análisis de ADN antiguo y procesos moleculares", subraya César Barta.
Si la noticia se ha prestado a esa desviación, explica el físico, es porque a la excavación la denominan "la Tumba de la sábana" (the tomb of the shroud). El nombre le viene de lo excepcional que resulta haber encontrado un tejido que había envuelto un cadáver en una tumba judía.
La costumbre judía era acudir al sepulcro aproximadamente un año después de haber enterrado al difunto cuando las partes blandas ya habían desaparecido y sólo quedaban los huesos. Estos los colocaban en cajas de piedra u osarios y los dejaban de nuevo en la tumba. Por esta razón los arqueólogos han encontrado habitualmente cientos de tumbas en las que no había ningún tejido.
La idea de que Jesucristo hubiese sido envuelto en un lienzo como parte de una costumbre judía no había sido corroborada por ningún hallazgo. Sin embargo en "la tumba de la sábana" al individuo leproso fallecido le colocaron en una cámara del sepulcro y la sellaron para evitar el contagio del resto de difuntos de la familia. Esto indujo a que no fuese modificada al cabo del tiempo, y que haya llegado a nuestros días con los restos de la primera disposición del entierro.
Por tanto, el hallazgo permite confirmar la utilización de lienzos en las prácticas funerarias judías reforzando el supuesto uso de la Sábana Santa.
Además los autores, en las pocas líneas que dedican al tejido, informan que han encontrado porciones de tejido a lo largo de toda la losa con restos orgánicos deduciendo que le cubría todo el cuerpo. Y, más particularmente, encontraron restos de cabellos en el tejido y por tanto el lienzo le cubría la cabeza. Esta es una confirmación muy especifica de la forma en que se utilizó la Sábana Santa para envolver al crucificado que efectivamente le cubría la cabeza.
"Una interpretación ecuánime de estos datos apoyaría más bien la autenticidad de la reliquia de Turín. Sin embargo, el profesor Shimon Gibson, uno de los autores ha declarado a National Geographic que, en su opinión, el tejido hallado en la tumba indica la falsedad de la Sábana de Turín porque tiene otro tipo de confección. En efecto, la de Turín es en sarga de gran valor y la de la tumba es en tafetán, una disposición más sencilla", afirma César Barta.
"Pero este argumento –concluye- carece de consistencia ya que no era de esperar que se encontrase una sarga como la de la Sábana Santa en cada tumba judía. Y no era de esperar porque un tejido como el de Turín en sarga de 1 a 3 en lino es un ejemplar único y no se conoce otro ni de la época de Cristo, ni de la Edad Media".
Por Nieves San Martín
ZS10011206 - 12-01-2010
Permalink: http://www.zenit.org/article-33890?l=spanish
"Creación y Evolución"
Conferencia pronunciada por el R.P. Manuel Carreira, sj, en el
Simposio "Creación y Evolución".
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy me detengo en una interesante página de la historia, que atañe al florecimiento de la teología latina en el siglo XII, gracias a una serie providencial de coincidencias. En los países de Europa occidental reinaba por aquel entonces una paz relativa, que aseguraba a la sociedad el desarrollo económico y la consolidación de las estructuras políticas, y favorecía una intensa actividad cultural, entre otras causas gracias a los contactos con Oriente. En la Iglesia se advertían los beneficios de la vasta acción conocida como "reforma gregoriana", promovida vigorosamente en el siglo anterior, que había aportado una mayor pureza evangélica a la vida de la comunidad eclesial, sobre todo en el clero, y había restituido a la Iglesia y al Papado una auténtica libertad de acción. Además, se iba difundiendo una amplia renovación espiritual, sostenida por un fuerte crecimiento de la vida consagrada: nacían y se expandían nuevas Órdenes religiosas, mientras que las ya existentes vivían una prometedora recuperación.
La teología también volvió a florecer y adquirió una mayor conciencia de su naturaleza: afinó el método, afrontó problemas nuevos, avanzó en la contemplación de los misterios de Dios, produjo obras fundamentales, inspiró iniciativas importantes en la cultura, desde el arte hasta la literatura, y preparó las obras maestras del siglo sucesivo, el siglo de santo Tomás de Aquino y de san Buenaventura de Bagnoregio. Los ambientes en los que tuvo lugar esta intensa actividad teológica fueron dos: los monasterios y las escuelas de la ciudad, las scholae, algunas de las cuales muy pronto darían vida a las universidades, que constituyen uno de los típicos "inventos" de la Edad Media cristiana. Precisamente a partir de estos dos ambientes, los monasterios y las scholae, se puede hablar de dos modelos diferentes de teología: la "teología monástica" y la "teología escolástica". Los representantes de la teología monástica eran monjes, por lo general abades, dotados de sabiduría y de fervor evangélico, que se dedicaban esencialmente a suscitar y a alimentar el deseo amoroso de Dios. Los representantes de la teología escolástica eran hombres cultos, apasionados por la investigación; magistri deseosos de mostrar la racionabilidad y la auntenticidad de los misterios de Dios y del hombre, en los que ciertamente se cree por la fe, pero que también se comprenden con la razón. La distinta finalidad explica la diferencia de su método y de su manera de hacer teología.
En los monasterios del siglo xii el método teológico estaba vinculado principalmente a la explicación de la Sagrada Escritura, de la página sagrada,como decían los autores de ese periodo; se practicaba especialmente la teología bíblica. Todos los monjes escuchaban y leían devotamente las Sagradas Escrituras, y una de sus principales ocupaciones consistía en la lectio divina, es decir, en la lectura orante de la Biblia. Para ellos la simple lectura del texto sagrado no era suficiente para percibir su sentido profundo, su unidad interior y su mensaje trascendente. Por tanto, era necesario practicar una "lectura espiritual", llevada a cabo en docilidad al Espíritu Santo. En la escuela de los Padres, la Biblia se interpretaba alegóricamente, para descubrir en cada página, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, lo que dice de Cristo y de su obra de salvación.
El Sínodo de los obispos del año pasado sobre la "Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia" recordó la importancia del enfoque espiritual de las Sagradas Escrituras. En este sentido, es útil tomar en consideración la herencia de la teología monástica, una ininterrumpida exégesis bíblica, como también las obras realizadas por sus representantes, valiosos comentarios ascéticos a los libros de la Biblia. A la preparación literaria la teología monástica unía la espiritual; es decir, era consciente de que no bastaba con una lectura puramente teórica y profana: para entrar en el corazón de la Sagrada Escritura, hay que leerla identificándose con el espíritu con el que fue escrita y creada. La preparación literaria era necesaria para conocer el significado exacto de las palabras y facilitar la comprensión del texto, afinando la sensibilidad gramatical y filológica. El estudioso benedictino del siglo pasado Jean Leclercq tituló así el ensayo con el que presenta las características de la teología monástica: L'amour des lettres et le désir de Dieu (El amor por las palabras y el deseo de Dios). Efectivamente, el deseo de conocer y de amar a Dios, que nos sale al encuentro a través de su Palabra que debemos acoger, meditar y practicar, lleva a intentar profundizar los textos bíblicos en todas sus dimensiones.
Hay otra actitud en la que insisten quienes practican la teología monástica: una íntima actitud orante, que debe preceder, acompañar y completar el estudio de la Sagrada Escritura. Puesto que, en resumidas cuentas, la teología monástica es escucha de la Palabra de Dios, no se puede dejar de purificar el corazón para acogerla y, sobre todo, no se puede dejar de encenderlo de fervor para encontrar al Señor. Por consiguiente, la teología se convierte en meditación, oración y canto de alabanza, e incita a una sincera conversión. No pocos representantes de la teología monástica alcanzaron, por este camino, las más altas metas de la experiencia mística, y constituyen una invitación también para nosotros a alimentar nuestra existencia con la Palabra de Dios, por ejemplo, mediante una escucha más atenta de las lecturas y del Evangelio, especialmente en la misa dominical. Es importante también reservar cada día cierto tiempo para la meditación de la Biblia, a fin de que la Palabra de Dios sea lámpara que ilumine nuestro camino cotidiano en la tierra.
La teología escolástica, en cambio -como decía-, se practicaba en las scholae, que surgieron junto a las grandes catedrales de la época, para la preparación del clero, o alrededor de un maestro de teología y de sus discípulos, para formar profesionales de la cultura, en una época en la que el saber era cada vez más apreciado. En el método de los escolásticos era central la quaestio, es decir, el problema que se plantea al lector a la hora de afrontar las palabras de la Escritura y de la Tradición. Ante el problema que estos textos autorizados plantean, surgen preguntas y nace el debate entre el maestro y los alumnos. En ese debate aparecen, por una parte, los temas de la autoridad; y, por otra, los de la razón, y el debate se orienta a encontrar, al final, una síntesis entre autoridad y razón para alcanzar una comprensión más profunda de la Palabra de Dios. San Buenaventura dice al respecto que la teología es "per additionem" (cf. Commentaria in quatuor libros sententiarum, i, proem., q. 1, concl.), es decir, la teología añade la dimensión de la razón a la Palabra de Dios y de este modo crea una fe más profunda, más personal y, por tanto, también más concreta en la vida del hombre. En este sentido, se encontraban distintas soluciones y se formaban conclusiones que comenzaban a construir un sistema de teología. La organización de las quaestiones llevaba a la elaboración de síntesis cada vez más extensas, pues se componían las diversas quaestiones con las respuestas encontradas, creando así una síntesis, las denominadas summae, que eran en realidad amplios tratados teológico-dogmáticos nacidos de la confrontación entre la razón humana y la Palabra de Dios. La teología escolástica tenía como objetivo presentar la unidad y la armonía de la Revelación cristiana con un método, llamado precisamente "escolástico", de la escuela, que confía en la razón humana: la gramática y la filología están al servicio del saber teológico, pero con mayor motivo lo está la lógica, es decir, la disciplina que estudia el "funcionamiento" del razonamiento humano, de manera que resulte evidente la verdad de una proposición. Todavía hoy, leyendo las summae escolásticas sorprende el orden, la claridad, la concatenación lógica de los argumentos, y la profundidad de algunas intuiciones. Con lenguaje técnico se atribuye a cada palabra un significado preciso, y entre el creer y el comprender se establece un movimiento recíproco de clarificación.
Queridos hermanos y hermanas, retomando la invitación de la primera carta de san Pedro, la teología escolástica nos estimula a estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Sentir nuestras las preguntas y de ese modo ser capaces de dar también una respuesta. Nos recuerda que entre fe y razón existe una amistad natural, fundada en el orden mismo de la creación. El siervo de Dios Juan Pablo ii, al comienzo de la encíclica Fides et ratio escribe: "La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad". La fe está abierta al esfuerzo de comprensión por parte de la razón; la razón, a su vez, reconoce que la fe no la mortifica, sino que la lanza hacia horizontes más amplios y elevados. Aquí se introduce la perenne lección de la teología monástica. Fe y razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están animadas por la búsqueda de la unión íntima con Dios. Cuando el amor vivifica la dimensión orante de la teología, el conocimiento que adquiere la razón se ensancha. La verdad se busca con humildad, se acoge con estupor y gratitud: en una palabra, el conocimiento sólo crece si ama la verdad. El amor se convierte en inteligencia y la teología en auténtica sabiduría del corazón, que orienta y sostiene la fe y la vida de los creyentes. Oremos, pues, para que el camino del conocimiento y de la profundización de los misterios de Dios siempre esté iluminado por el amor divino.
BENEDICTO XVI PRESENTA UNA NUEVA RELACIÓN FE-CIENCIA
Da por superada la polémica sobre Galileo
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 30 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI propuso este viernes una nueva relación de colaboración entre fe y ciencia, en particular la astronomía, superando así la polémica que durante siglos ha provocado el caso de Galileo Galilei.
Según el Papa, la astronomía ha permitido y sigue permitiendo con sus descubrimientos comprender mejor el universo; por otra parte, la fe, permite también al científico descubrir las maravillas de la creación.
A esta conclusión llegó al recibir este viernes a un grupo de astrónomos de todo el mundo, que participan en un encuentro promovido por el Observatorio Astronómico Vaticano con motivo del Año Internacional de la Astronomía.
Este Año Internacional ha sido convocado por la UNESCO con motivo de la invención, hace cuatrocientos años, del telescopio de Galileo.
La reunión coincide con la inauguración de las nuevas instalaciones del Observatorio Vaticano, dirigido por el astrónomo y sacerdote jesuita argentino, José Gabriel Funes, en Castel Gandolfo, a unos 30 kilómetros de Roma.
"Como ustedes saben, la historia del Observatorio está vinculada de una forma muy real a la figura de Galileo, a las controversias que rodearon su investigación, y al intento de la Iglesia por lograr una comprensión correcta y fructífera de la relación entre ciencia y religión", reconoció el Papa en su discurso pronunciado en inglés.
Por este motivo, aprovechó el encuentro para expresar su gratitud "no sólo por los cuidadosos estudios que han aclarado el contexto histórico preciso de la condena de Galileo, sino también por los esfuerzos de todos aquellos comprometidos con el diálogo permanente y la reflexión sobre la complementariedad de la fe y la razón, al servicio de la una comprensión integral del hombre y de su lugar en el universo".
El caso de Galileo ha podido ser aclarado gracias a la comisión de estudio, que creó Juan Pablo II desde el 3 de julio de 1981 hasta el 31 de octubre de 1992, año del 350° aniversario de la muerte de Galileo.
El cardenal Paul Poupard, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Cultura, coordinó las investigaciones desde el principio hasta el final, descubriendo cómo hubo errores evidentes en el proceso, pero al mismo tiempo constató que se ha manipulado en muchos libros de historia para dar una imagen de la Iglesia como "enemiga de la ciencia", según aclaró recientemente el mismo purpurado francés a ZENIT (Cf. "Galileo y el Vaticano: Un caso nunca archivado").
Benedicto XVI constató ante los astrónomos que "la cosmología moderna nos ha demostrado que ni nosotros, ni la tierra que pisamos, es el centro de nuestro universo, compuesto por miles de millones de galaxias, cada una de ellas con miríadas de estrellas y planetas".
"Sin embargo, al tratar de responder al reto de este año --el de levantar los ojos al cielo para redescubrir nuestro lugar en el universo-- ¿cómo no podemos quedar atrapados en la maravilla expresada por el salmista hace tanto tiempo?", cuando se preguntaba "Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?" (Salmo 8,4-5).
El pontífice confesó su esperanza en que "el asombro y exaltación que están destinados a ser los frutos de este Año Internacional de la Astronomía lleven más allá de la contemplación de las maravillas de la creación a la contemplación del Creador, y del amor, que es el motivo subyacente de la creación".
Las celebraciones del Año Internacional de la Astronomía están teniendo lugar entre el 30 y el 31 de octubre. Las celebraciones incluyen una conferencia del profesor John Huchra del Centro Harvard-Smithsonian para Astrofísica y presidente de la Sociedad Astronómica Estadounidense.
El programa incluye un una visita a la Torre de los Vientos, en el Vaticano, construida en 1582, uno de los primeros observatorios astronómicos de historia, realizado con motivo de la reforma del Calendario Gregoriano, en 1582.
Los astrónomos puede visitar también los Archivos Secretos Vaticanos, y la exposición "Astrum 2009", en los Museos Vaticanos, que presenta 130 piezas históricas, incluidos manuscritos originales de Galileo.
ZS09103009 - 30-10-2009
Permalink: http://www.zenit.org/article-33088?l=spanish