EL SENTIDO DE LA NATURALEZA Y LA ACCION DEL HOMBRE

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La definición clásica del Hombre, como especie dentro del reino animal, se centra en sus funciones de diverso orden de las que determina la programación genética como "instintos", de supervivencia, de buscar el alimento adecuado, de huir de peligros, de reproducirse. El Hombre participa de todo cuanto hay en otras especies de esas tendencias y modos de actuar, pero tiene una nueva tendencia innata que no se centra en reacciones de tipo material ni en necesidades fisiológicas: es la búsqueda de Verdad, Belleza y Bien, tres modos de expresar lo que significa la palabra clave, la Racionalidad. Como Animal Racional , el ser humano se distingue no sólo cuantitativamente –en grado de intensidad- sino cualitativamente de todos los demás seres vivientes en nuestro planeta. Sólo en el Hombre encontramos –ya desde la primera infancia- el constante ¿por qué? insaciable, raíz de toda ciencia en el sentido más amplio de la palabra, según sus orígenes hace miles de años: la búsqueda de razone explicativas para cuanto observamos a nuestro alrededor y en nosotros mismos.

 

La racionalidad se funda en tres principios de toda lógica fructífera: el de identidad, el de no-contradicción, y el de razón suficiente. El primero es la base de la objetividad científica: las cosas existen y actúan independientemente de mis preferencias o ilusiones; son lo que son, quiera yo o no sus consecuencias, y lo que son –su naturaleza- determina su actuar, sin que condicionamientos culturales o prejuicios de un investigador influyan en su proceder. Como consecuencia de esa firmeza en el ser, es necesario concluir que no pueden no-ser al mismo tiempo y bajo el mismo respecto. En cualquier intento de explicación científica, la prueba más obvia de error es que esa explicación lleve a contradicciones, sea en el formalismo matemático o en la predicción de resultados observables.

 

Una vez garantizada la objetividad del mundo de la naturaleza y su coherencia lógica –que no permite absurdos- el desarrollo racional exige encontrar razones suficientes, próximas y remotas en diverso grado, para explicar lo que se observa a cualquier nivel. Sólo entonces hay Ciencia, en lugar de una mera colección de datos. Generalmente se busca la razón suficiente en el entorno material en términos de "fuerzas", cualidades activas inherentes a la materia, por cuya actividad se dan las interacciones constatables experimentalmente, sea en el núcleo del átomo o en un cúmulo de galaxias. Y si usamos la palabra "Ciencia" en el sentido actual que la distingue de las "Humanidades", es precisamente la exigencia de verificación experimental –al menos posible en principio- el criterio que marca los límites de la metodología científica, como distinta de meros desarrollos matemáticos o ilusiones de "ciencia-ficción".

 

Así se ha desarrollado la Ciencia , y ha llevado a un progreso tecnológico imparable, a partir de los primeros trabajos de Galileo y Newton, aunque con importantes bases ya en la Grecia de siglos antes de Cristo. Es un hecho comentado por historiadores de la Ciencia , que en las grandes culturas orientales, más centradas en discusiones filosóficas y menos inclinadas a estudiar la materia, se dieron importantes avances técnicos, pero no se buscó entender al Universo y su comportamiento. Sólo en Occidente, donde la semilla griega encontró terreno fecundo en la concepción cristiana de un Universo hecho "con número y medida", refrendado por la aprobación divina después de la creación, se pudo considerar digno de esfuerzo el empeño de entender la obra del Creador.

 

Y es dentro de este ámbito filosófico-teológico donde se acepta como complemento de la causalidad eficiente de la materia una causalidad final que relaciona la creación con el Hombre. Un Dios Omnipotente y Sapientísimo, infinito en todas sus perfecciones, inmutable y eterno, por pura benevolencia de Amor, crea cuanto existe. Pero no le entretiene ver que las estrellas se queman durante eones, ni que animales maravillosos corretean por la Tierra : la única razón suficiente de crear –para un Dios personal, inteligente y libre- tiene que encontrarse en su deseo de compartir su felicidad con otros seres personales, capaces de conocerle, de alabarle agradecidos, de amarle como Padre en el sentido más profundo de esta palabra. El Universo tiene sentido porque está hecho para el Hombre, y el Hombre perfecciona a esta naturaleza creada como colaborador de Dios, con lo cual se convierte en voz de cuanto no tiene voz y en culminación eterna de cuanto está llamado a deshacerse en el tiempo según las leyes de la materia. Es la visión que S. Ignacio presenta como obvia al comenzar sus Ejercicios: "El Hombre es creado…y todas las otras cosas son creadas para el Hombre".

 

Si grandes genios –como Newton- veían como evidente esta concepción unitaria de la Naturaleza creada, el desarrollo posterior que llevó a especializaciones cada vez más restringidas, propició el abandono de todo lo no experimentable cuando se estudiaba el proceder de la materia. No era preciso buscar finalidad: ningún instrumento de laboratorio puede detectarla. Más o menos explícitamente se dio por supuesta la infinitud espacio-temporal de un Universo inmutable a gran escala, sin Creador y sin proyecto lógico. Es digno de notar el silencio general acerca de las objeciones inevitables a tal modo de pensar: un Universo con infinita masa debe producir un potencial gravitatorio infinito e idéntico en todos los puntos, negando la posibilidad de fuerzas gravitatorias (debidas a diferencias de potencial); un Universo eterno habría ya agotado todas las fuentes de energía en las estrellas. Tan arraigada estaba la presuposición de negar toda finitud, que el mismo Einstein se rebeló cuando sus ecuaciones llevaban lógicamente a un Universo evolutivo, con un principio total en un pasado calculable.

 

Una vez que las determinaciones de Hubble establecieron como un hecho indudable la actual expansión del Universo, y que Friedman y Lemaître demostraron que las ecuaciones de la Relatividad generalizada exigían un comienzo de alta densidad y temperatura -el Big Bang o "Átomo primordial" - Gamow pudo (ya en 1948) formular físicamente las condiciones observables hoy como consecuencia de aquella gran explosión. Así se convierte en Ciencia cuantitativa la Cosmología , el estudio del Universo como sistema físico evolutivo, rama de la Física que ha tenido un desarrollo maravilloso en la segunda mitad del siglo XX. No es necesario dar detalles de sus comprobaciones experimentales, desde la radiación de fondo de 1965 hasta las imágenes de proto-galaxias obtenidas con el telescopio espacial "Hubble". Con las palabras de Yakov Zeldovich, "el comienzo del Universo en un estado de alta densidad y temperatura es parte tan firme de la ciencia moderna como puede serlo la Mecánica de Newton". No hay alternativa.

 

Pero un comienzo súbito de toda la realidad material nos deja con un insistente deseo de preguntar "¿qué hubo antes ?. En forma coherente con el modo de pensar físico, espacio y tiempo están indisolublemente unidos a la materia –partículas y energía- que en ese marco tiene toda su actividad observable. No se admite un espacio absoluto ni un tiempo absoluto como había propuesto Newton (que llegaba a identificarlos con los atributos divinos), y por eso a la pregunta espontánea se contesta con un desconcertante pero inevitable " antes no había antes" .

 

Por otra parte, si no había un estado previo, no puede darse una razón lógica de orden físico para que el Universo comience, ni tampoco de que comience con las propiedades y parámetros que se observan. Como dice el gran físico John Archibald Wheeler: "¿Por qué hay algo en lugar de nada?" Y también, "¿qué relación hay entre las propiedades iniciales del Universo y nuestra existencia?". En un momento de sinceridad intelectual, llega a decir que si no sabemos responder a estas preguntas, podemos confesar que no hemos entendido nada. Y esto le obliga a buscar una respuesta, precisamente partiendo de consideraciones lógicas de lo que es la materia para un físico.

 

La raíz de que la materia pueda ser estudiada científicamente se encuentra en sus interacciones, sin las cuales no podría ser observada ni por nuestros sentidos ni por nuestros instrumentos. Toda interacción implica un cambio, que exige tiempo para realizarse. De este modo se llega a identificar la temporalidad como la razón universal de la mutabilidad de la materia Esto sólo tiene explicación si la naturaleza misma de la materia no es necesariamente algo fijado por su concepto, sino capaz de existir de diversas maneras.

 

Con un paso ya metafísico prosigue Wheeler: Todo lo que puede existir de diversas maneras puede ser "ajustado" para existir de una forma concreta: más aún, tiene que ser ajustado para que exista de una forma y no de otra. Y así se llega a la afirmación de la contingencia básica del Universo: tuvo que comenzar a existir y tuvo que ser determinado en su primer momento para que tuviese las propiedades que tiene y no otras, dentro del ilimitado abanico de posibilidades teóricas. Y dentro de esas posibilidades, sólo un conjunto muy restringido de parámetros físicos es compatible con el desarrollo evolutivo hasta la vida inteligente, al menos en un lugar del Universo. Por tanto, el Hombre es la razón finalística de que el Universo material sea como es, según nuestros datos.

 

Esto es el significado del "Principio Antrópico", propuesto desde hace más de 50 años por físicos eminentes, no por teólogos o filósofos ignorantes de la ciencia actual. El desarrollo detallado de este punto de vista lleva a subrayar el mínimo margen de variabilidad de los parámetros de la materia, que se exige para nuestra existencia, desde la cantidad total de la masa cósmica hasta las propiedades de cada partícula elemental y el valor de las cuatro fuerzas que rigen la actividad físico-química que permite la vida orgánica, al menos en nuestro planeta.

 

Existimos en un lugar privilegiado, con "coincidencias" imprevisibles en su formación y evolución, sin las cuales no sería habitable. Alrededor de una estrella con masa adecuada para mantener su luminosidad casi constante durante miles de millones de años, la Tierra se formó de cenizas de estrellas hace casi 5.000 millones de años, en una zona de la Vía Láctea suficientemente lejos del núcleo para evitar las radiaciones nocivas que produce el agujero negro central, pero en una parte no periférica, donde varias generaciones de estrellas de gran masa sintetizaron los elementos pesados que forman un planeta sólido. Y se condensó del disco de gas y polvo en el centro de la "zona habitable "alrededor del Sol, donde la temperatura es compatible con el agua en estado líquido, condición imprescindible para la vida.

 

Un choque imprevisible, con un planeta mayor que Marte, dio a la Tierra su gran satélite, la Luna , que estabiliza el eje de rotación y frenó el giro inicial demasiado rápido. De ese impacto adquirió también la Tierra un exceso de hierro –mayor que lo que tiene Venus, en contra de lo que era de esperar por la distancia al Sol- que, en estado líquido, y por el giro diurno, causa un campo magnético que protege a la superficie terrestre de rayos cósmicos solares y galácticos. La masa terrestre –equivalente a la de Mercurio, Venus, la Luna y Marte juntos- retiene una atmósfera compatible con el agua en sus tres estados, que filtra la radiación ultravioleta del Sol y arropa al planeta para darnos una temperatura moderada en la mayor parte de su superficie. El calor del núcleo de hierro (una tercera parte de la masa terrestre) es el motor de la "tectónica de placas" que renueva constantemente nuestra atmósfera y las rocas de la corteza. Ninguna de estas características es compartida por ningún otro cuerpo del sistema solar en una forma comparable.

 

Existe la vida humana en un momento cósmico y en un lugar que no parece ser "típico" en modo alguno, sino excepcional, tanto que Yosif Shklovskii, en un congreso en la Rusia soviética, llegó a decir –cambiando diametralmente su posición de unos 15 años antes- que nuestra existencia es literalmente un milagro, probablemente caso único en el Universo, y que de no serlo, nunca podremos enterarnos porque la probabilidad de encontrar otro lugar adecuado es prácticamente cero.

 

Una vez formada la Tierra , de un modo y en circunstancias todavía desconocidas, la vida apareció y comenzó un largo proceso evolutivo donde los pasos imprevisibles una vez más aparecen como apuntando al Hombre. Mientras la materia –actuando en forma determinística por sus leyes – muestra coincidencias que solamente podemos describir como fortuitas (y que atribuimos a un "azar" que no describe ninguna fuerza física ni ley de la naturaleza), el desarrollo previsto al crear el universo por un Creador que conoce toda su actividad en todos los tiempos permite admitir un plan inteligente tras el juego de necesidad y azar. Para Dios no hay hechos imprevistos, ni hay libertad de elección en el proceder de la materia.

 

Tras 3.000 millones de años de vida unicelular, algas con clorofila dieron a la Tierra una atmósfera con oxígeno suficiente para que un nuevo metabolismo de oxidación fuese la fuente de energía capaz de sostener vida pluricelular, primero en los océanos y luego en la tierra sólida de las placas continentales. Cinco grandes episodios de extinción masiva, en algunos casos atribuidos a impactos cósmicos, dejaron el camino despejado para la evolución hasta los primates superiores. Y muy recientemente –a escala cósmica- la materia ya preparada por eones de estructuración cada vez más perfecta, pudo recibir del Creador el espíritu capaz de pensar y querer libremente. Así aparece el Hombre como el estado final de este proceso que lleva desde el átomo al pensamiento que nos permite conocer y dominar a nuestro entorno.

 

Podemos decir que la ciencia moderna nos da una versión admirable de lo que el relato del Génesis presenta en forma poética, adecuada para una época pre-científica. Un único Dios Omnipotente, con un acto de su voluntad libre, hace que se dé el paso de nada a algo . Viene luego un cuidadoso proceso de estructuración de lo que será la morada del Hombre, para quien Dios prepara un hogar con cuidado providente: se hace la luz, para que todo pueda realizarse sin accidentes imprevistos, se prepara el terreno separando los mares de la tierra firme.

 

Luego viene el amueblar ese hogar, con lámparas múltiples, con plantas y animales en que hermosura y utilidad se combinan para formar un verdadero paraíso. Y cuando todo está dispuesto –recibiendo la aprobación satisfecha del artífice: "y vio Dios que era bueno" todo lo creado- Dios modela cariñosamente al Hombre como su obra maestra, y lo coloca al frente de esa naturaleza hecha para servirle. Con una frase que podemos olvidar a veces, le encarga que trabaje ese jardín, que coopere con el Creador como su representante en la Tierra.

 

Este es el sentido de la naturaleza en el modo de entenderla según la revelación judeo-cristiana. No hay ningún " porque sí " pueril como respuesta a las preguntas de " por qué " y " para qué " con respecto al Universo. Y el sentido de la creación se hace más explícito y más maravilloso cuando Dios se hace Hombre, llevando a la misma materia al nivel de la divinidad: " el Verbo se hizo Carne " y " por Él fueron creadas todas las cosas y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho " con las palabras audaces del prólogo del Evangelio de S. Juan y su desarrollo poético en la carta de S. Pablo a los Colosenses. Es en la Persona de Cristo y en su Resurrección –compartida por los miembros de su Cuerpo Místico- donde la evolución material del Universo se libra de ser absurda, como lo sería si todas las maravillas creadas terminasen en la total destrucción de estructuras que es el único final previsible según la Física.

 

Para quien ve la totalidad cósmica con la mirada profunda que no se limita a los cambios más o menos accidentales de formas y estructuras atómicas o astronómicas, se cumplen las palabras de Cristo en el Apocalipsis: " Yo soy el Alfa y Omega, el Principio y el Fin ". Ninguna ciencia experimental puede dar esta respuesta al sentido del Universo, pero sus datos son coherentes con el modo de pensar filosófico y teológico.

CAMBIOS EN LA NATURALEZA

 

Tanto agentes de orden físico-químico como astronómicos o biológicos tienen efectos sobre el ambiente y sus características a corto y largo plazo, modificando su adecuación para la vida en mayor o menor grado. Es en este contexto donde debemos apreciar el posible impacto de la actividad humana sobre el planeta Tierra, tanto para establecer su importancia relativa como para actuar de una forma responsable.

 

Primeramente mencionaré factores sobre los que el Hombre no tiene control ni es de esperar que pueda tenerlo en el futuro: son cambios de tipo astronómico o geológico, parte de la evolución del Sol y de la Tierra , que preceden en miles de millones de años a la aparición del Hombre y que afectan las condiciones de habitabilidad en formas todavía no comprendidas en detalle.

 

El Sol, como toda estrella, produce energía mediante reacciones nucleares de fusión: de los elementos más ligeros se sintetizan otros más pesados con liberación de energía según avanzamos del Hidrógeno hasta el Hierro. Durante el 90% de su existencia, es la síntesis del Helio la que produce la energía de nuestra estrella y de otras semejantes, que se encuentran en la llamada "Secuencia Principal" del diagrama de Hertzprung-Russell, donde se muestra gráficamente cómo las estrellas cambian de luminosidad y temperatura superficial según su masa y su edad. La tendencia universal es la de un aumento progresivo de luminosidad y diámetro, que llevará al Sol –dentro de 500 millones de años- a calcinar la Tierra , con la consiguiente evaporación de los océanos y la pérdida de la atmósfera.

 

Sin esperar a ese cambio drástico, es admitido ya por los astrofísicos que el Sol ha evolucionado mientras la vida se desarrolló en nuestro planeta: su luminosidad es ahora superior a la que tenía cuando se originaron las primeras células. Y dentro de la tendencia general indicada, hay ciclos de mayor o menor actividad superficial del Sol, con una duración típica de 11 años, que también parecen relacionarse de un modo muy convincente con cambios climáticos en el pasado. En ocasiones –por causas desconocidas- la actividad solar fue mínima en períodos más largos, que coinciden con épocas de frío en la Tierra , como ocurrió durante el llamado "Mínimo de Maunder" de los siglos XVII y XVIII. En la Edad Media el olivo se cultivaba en Alemania y había zonas de Inglaterra donde se producía gran cantidad de vino –que exigía medidas protectoras por parte de Francia- y que dejaron luego de ser adecuadas para el cultivo de la vid.

 

Otros cambios climáticos –relativamente rápidos - han ocurrido sin que sepamos atribuirlos a una causa concreta. Cuando se descubrió Groenlandia, se le dio su nombre ("Tierra verde") por su clima benigno, mientras hoy está cubierta por glaciares. El Sahara muestra pinturas y grabados en su rocas que dan testimonio de vida abundante, con jirafas, hipopótamos, seres humanos nadando en ese entorno hace unos miles de años. Y es bien conocida la alternancia de períodos glaciales y cálidos a lo largo de miles y millones de años, sin que sepamos exactamente cuál es su explicación.

 

Parte de la actividad solar diaria tiene efectos inmediatos en nuestra alta atmósfera: fulguraciones locales producen temperaturas de millones de grados (mientras la superficie está a 5800 K) y causan un "viento solar" más intenso, que llena todo el sistema con partículas de alta energía, hasta encontrar como barrera el campo magnético del brazo de la Vía Láctea en que nos movemos. El paso del Sol y sus planetas por sectores galácticos de diversa intensidad puede modificar el flujo de rayos cósmicos sobre la Tierra , tanto de los procedentes del Sol como de su entorno amplio en la galaxia. La radiación cósmica que llega a la Tierra es controlada localmente por el campo magnético terrestre, produciendo las vistosas "auroras boreales y australes", calentando la parte externa de la estratosfera, y dando lugar a interferencias y pérdidas de señales de radio en la ionosfera.

Es muy probable también que el flujo de radiación cósmica influya directamente en la formación de núcleos de condensación para vapor de agua, con consecuencias inmediatas sobre la precipitación lluviosa y el porcentaje de vapor en la atmósfera. Y es el vapor de agua el gas más importante como agente de calentamiento por "efecto de invernadero", aunque la mayor parte de los noticieros sobre el tema centran su atención sobre el anhídrido carbónico. Un dato interesante es que hace 400 millones de años, por evidencia de rocas y conchas marinas, la cantidad de CO­­ 2 era diez veces mayor que la actual, y el planeta se encontraba en una época glacial que causó una de las grandes extinciones de vida en su historia. Tal vez algo de orden astronómico debe suponerse en el calentamiento de la Tierra que hoy se afirma, teniendo en cuenta que datos sobre los casquetes polares de Marte y cambios en la superficie de Tritón (satélite de Neptuno) indican un calentamiento en esos puntos lejanos de la Tierra y sin un entorno comparable.

 

También es posible que el flujo de energía cósmica (especialmente del Sol) afecte a la concentración de ozono, un gas que se debe a la disociación de las moléculas de oxígeno por la luz ultravioleta. En ese proceso se absorbe la mayor parte de la luz ultravioleta y el ozono actúa de barrera para las longitudes de onda más cortas y dañinas para la vida en la superficie terrestre. Pero estas reacciones son sensibles a la temperatura de las capas superiores de la atmósfera, y deslindar los efectos de cada factor no es siempre posible.

 

La geología es otra variable sin posible control humano. La tectónica de placas cambia la posición de los continentes a largo plazo, facilitando u obstaculizando corrientes marinas que distribuyen el calor por el planeta: tenemos evidencia de varias ocasiones en que se cerró el estrecho de Gibraltar por movimientos de la placa africana, causando la evaporación del Mediterráneo, convertido en desierto de sal. Hace unos 200 millones de años todos los continentes formaban una masa única –Pangea-, y dentro de un tiempo del mismo orden volverán a hacerlo. A una escala temporal más limitada, erupciones volcánicas lanzan a la atmósfera mucho más CO 2 que toda la industria humana, y también los clorofluorocarbonos que se han considerado agentes de la destrucción del ozono (cuando las sondas espaciales detectaron esas moléculas en Venus, la NASA consideró que eso era una indicación de actividad volcánica actual en el planeta).

 

Descubrimientos recientes de otros fenómenos imprevisibles y de posible efecto catastrófico no deben perturbarnos, por cuanto -si se diesen- sería imposible proteger a la Tierra contra ellos: explosiones de supernovas relativamente cercanas, destellos de rayos gamma que en una fracción de segundo emiten más energía que el Sol en 100.000 años. Tal vez han tenido lugar en tiempos remotos y serían una explicación posible de extinciones masivas, pero no hay datos que lo indiquen. Algo parecido –aunque posiblemente dentro de una cierta posibilidad de control en el futuro- podría decirse de la caída de asteroides como el peñasco de 10 km de diámetro que se considera responsable de la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años.

 

La Tierra es, ciertamente, la joya del sistema solar, el planeta privilegiado, pero no es inmune a su entorno, que tiene cambios impuestos por leyes físicas en una escala en que cualquier esfuerzo humano por evitar daños parece utópico. Sólo en ciencia-ficción se presentan supuestas soluciones, que pueden llegar a proponer el transporte masivo de la humanidad a otro lugar acogedor o el cambiar la órbita de la Tierra para conservar su mismo clima mientras el Sol evoluciona. Sería un trabajo inútil detenernos en tales ideas, y debemos concentrar nuestra atención en lo que el Hombre hace y lo que puede hacer para conservar en su mejor estado la casa común de toda la humanidad, ahora y en el futuro previsible. Es aquí donde la ciencia, convertida en tecnología, nos impone un uso inteligente y responsable del regalo de Dios que es su obra, en el ámbito natural. Nuestra Teología cristiana no nos dice que somos dueños absolutos y arbitrarios de la Tierra , sino sus cuidadores según el plan del Creador. Debemos utilizar la ciencia y la tecnología de cada momento para cumplir este cometido.

LA ACCIÓN DEL HOMBRE

 

Todo ser viviente altera su entorno, con consecuencias que pueden ser dañinas o, por el contrario, esenciales para el futuro desarrollo de la vida. Después de centenares de millones de años de vida microscópica bajo una atmósfera sin Oxígeno, una mutación dio a unas algas unicelulares la clorofila, que permite sintetizar hidratos de Carbono a partir de agua y CO 2 , liberando Oxígeno. El impacto ambiental, durante unos mil millones de años más, fue de máxima importancia: con una atmósfera de composición semejante a la actual, otra mutación permitió utilizar el Oxígeno como fuente de energía, de mucha mayor eficiencia que los procesos anaeróbicos, y así pudo florecer la vida macroscópica en la "Gran Explosión" del Cámbrico, en que quedan establecidas las grandes ramas evolutivas de vegetales y animales. Todavía hoy, la vida depende del Oxígeno aportado constantemente por la vegetación, que equilibra el que desaparece por la oxidación de rocas continentales.

 

Por otra parte, mutaciones en organismos marinos apenas visibles envenenan las aguas en grandes extensiones de los océanos, haciendo desaparecer otras formas de vida en entornos más o menos amplios. Lo mismo puede ocurrir en regiones restringidas –por ejemplo en una isla- donde el desarrollo excesivo de un animal o de una planta puede eliminar otras especies. Estos procesos, añadidos a los de origen astronómico, han hecho que más del 90% de las formas vivientes a lo largo de la historia del planeta se hayan extinguido.

 

Cuando aparece el Hombre, curiosamente falto de especialización en sus órganos y por eso no restringido a un hábitat concreto, su impacto se hace notar en diversas formas. Caza y pesca complementan su alimentación de frutos de un entorno más o menos variado. Y es posible que algunas estrategias de caza, ya en tiempos primitivos, llevasen a la extinción de algunos animales. Otros, en cambio, fueron domesticados y sirvieron como instrumentos para el desarrollo de la agricultura hace unos 8000 años, condición de supervivencia para poblaciones amplias que dieron ya lugar a los primeros asentamientos urbanos y estables. En gran escala, la agricultura también altera el entorno: se talan bosques para tener campos de cultivo, se modifican y multiplican especies vegetales preferidas y se extinguen las menos útiles. Incluso guerras de hace siglos llevaron consigo modificaciones drásticas del entorno, con talas y con incendios provocados para privar al enemigo de sus recursos. No es esto algo propio solamente de nuestra época, ni exige una tecnología avanzada.

 

Como primate, el Hombre es de mayor masa que casi todos los animales, y de mayor longevidad. Por tanto exige más recursos, y al aumentar la población –sobre todo urbana- se hace necesario establecer vías de comunicación y encontrar fuentes de energía y de materias primas Todo lo cual modifica necesariamente las zonas habitables del planeta, aunque permanezcan áreas restringidas donde una vida tribal apenas ha cambiado durante milenios. Y no es nueva la preocupación por continuar gozando de suficientes recursos: Ya Tertuliano, hace casi 2000 años, consideraba que la población de su mundo romano era excesiva y que faltaría pronto lo necesario para vivir. En nuestro tiempo, hace unos 30 años, se predijo seriamente la falta de metales necesarios para la vida moderna para fines del siglo XX. Malthus y sus seguidores han insistido, también en nuestra época, en la necesidad de limitar la población por no poder la Tierra alimentar a toda la humanidad actual.

 

Además de consideraciones que conciernen a nuestra propia supervivencia a corto plazo, la tecnología, desde el momento de la Revolución Industrial (con el invento de la máquina de vapor, electricidad, automóvil…) nos hace considerar el efecto de la humanidad sobre las generaciones futuras y sobre el planeta mismo. No porque el planeta o las plantas o animales tengan derechos (que, entendidos correctamente son siempre correlativos de deberes y, por tanto, implican sujetos inteligentes y libres) sino porque el entorno de la naturaleza es patrimonio común de todos los seres humanos presentes y futuros. Somos responsables ante Dios de cómo usamos sus dones.

 

El punto más común de discusión es el de la contaminación de la atmósfera y sus secuelas de "efecto invernadero" o calentamiento global, y la destrucción de la capa de ozono. Merecen un desarrollo mucho más amplio, que aquí solamente esbozaré, dejando para preguntas al final algunos comentarios sobre datos concretos.

 

La ciencia tiene que establecer si de hecho hay un calentamiento global, y de ser así, luego deben estudiarse sus posibles causas. Y el calentamiento tiene que referirse a una situación considerada "normal" y deseable para la humanidad y para toda la vida en la Tierra. No es esto tan fácil como podría suponerse.

 

Ya queda mencionado el dato histórico de la época medieval (desde el 800 al 1300) en que la temperatura en el hemisferio Norte era superior a la presente en varios grados. En ese clima óptimo, la agricultura de Europa era floreciente en formas que hoy nos sorprenden. Vino luego un período de frío, que duró casi hasta finales del siglo XIX. Y desde 1898 hasta hoy, la temperatura media del planeta ha aumentado en 0,6 o C (con un margen de error de varias décimas). Este calentamiento ocurrió casi por completo antes de 1940, seguido luego de un enfriamiento hasta 1975 (hay estudios publicados entonces que predecían una nueva glaciación) y de vuelta al valor anterior desde entonces. No he visto discrepancias en artículos científicos con respecto a estos datos. Sí he visto –como ya mencioné- resultados de sondas espaciales que apuntan a un calentamiento reciente también en Marte y Tritón, donde –naturalmente- no sabemos cómo era el clima hasta la era espacial.

 

El efecto global de medio grado en el clima terrestre no es fácil de establecer. Si nos remontamos a períodos de épocas anteriores, más cálidos en varios grados, podríamos suponer que el aumento de temperatura sería más bien beneficioso, por lo menos para la agricultura. No hay datos sobre la frecuencia de tormentas tropicales en esas épocas ni de incendios en gran escala por sequías prolongadas. Intuitivamente parece difícil atribuir cambios drásticos a la pequeña variación de medio grado, que sería indetectable sin la invención del termómetro.

 

Una vez aceptado el calentamiento durante los primeros 40 años del siglo XX sobre todo, hay que buscar una razón científicamente plausible para explicarlo. Y es aquí donde ciencia, política, economía…y prejuicios, complican los argumentos, tal vez inconscientemente.

 

En los medios de masas se considera como probado que el anhídrido carbónico, producto de la industria humana , es el que causa el "efecto invernadero", pues es bien sabido que este gas atrapa la radiación infrarroja de baja frecuencia que emite la Tierra después de absorber la energía solar. Como consecuencia, se proponen medidas de reducción de emisiones de ese gas, buscando sustituir fuentes de energía fósiles (carbón y petróleo) por otras no contaminantes. Aceptar el tratado de Kyoto (1997) se presenta como moralmente obligatorio para todas las naciones industrializadas, y se atribuye al efecto de invernadero la presente serie de catástrofes más o menos localizadas (inundaciones en Asia, tormentas en el Caribe), el deshielo de glaciares en los Alpes, Groenlandia y la Antártida , y el avance de los desiertos en África. Pero en este punto me limitaré a indicar algo de lógica elemental..

 

El calentamiento se dio casi en su totalidad, antes de 1940. Sin embargo, la emisión de anhídrido carbónico ha sido relativamente menor en esa época: es en los últimos 60 años cuando la industria se desarrolló de un modo espectacular y cuando los automóviles pasaron de ser un objeto de lujo a un instrumento imprescindible en todos los países de algún nivel de desarrollo. El consumo de petróleo en el transporte y en la producción de energía ha sido sin comparación mucho mayor en la segunda mitad del siglo XX. Si se acepta el razonamiento descrito –que la industria causa el CO 2 que causa el calentamiento- es claro que el efecto parece darse antes de que haya su causa . No he visto todavía una explicación lógica de tal paradoja.

 

Con respecto al "agujero de ozono", nos faltan datos previos a la época espacial, y es difícil hablar de cambios climáticos en escalas de menos de 30 años. En cualquier caso, ese "agujero" apenas alcanza zonas pobladas, ni por el Hombre ni por animales terrestres, y los que viven en el mar están protegidos por la absorción rápida de la luz ultravioleta en el agua. No parece un problema acuciante por el momento. Y es necesario observar el desarrollo del ozono durante más tiempo para llegar a conclusiones lógicas sobre el posible efecto de la industria sobre esa capa de la alta atmósfera.

 

Tanto el posible calentamiento (por cualquier causa) como el aumento de la expectación de vida y el justo anhelo de la mayor parte de la humanidad de alcanzar un nivel de vida digno nos obligan a enfrentarnos con el problema de la superpoblación del planeta, predicha frecuentemente como la catástrofe más obvia, de seguir la tendencia actual. Una vez más, no es fácil establecer los datos científicos que eviten extrapolaciones dudosas cuando modelos de ordenador se toman como predicciones ciertas.

 

Hace tan sólo tres semanas asistí a un congreso en Filadelfia, donde en la misma sesión se presentaron dos estudios referentes al crecimiento de población y los recursos naturales. El primero afirmaba que nos enfrentamos a un crecimiento exponencial, que pronto llevaría a una catástrofe ambiental y a un colapso de la sociedad: la cifra óptima de población sería un poco más de la mitad de la actual (alrededor de 4.000 millones de habitantes). En el segundo, con datos de diversas fuentes independientes, se afirmaba que los recursos energéticos, la producción de alimentos, los recursos de agua y la densidad de población actual en diversos países, todo permitía calcular una capacidad del planeta para sostener de 150 a 180 mil millones de habitantes. Y se mostraba la fórmula de crecimiento que permite predecir la máxima población de seres vivientes en un entorno cerrado en el laboratorio, que se ajusta perfectamente al crecimiento real de la humanidad en el pasado y predice muy poco aumento en el futuro. Sin poder hacer una crítica detallada de ambas posturas, creo que es claro que hay motivo para considerar dudosa cualquier afirmación de tipo apocalíptico, sobre todo si se toma como base para imponer tecnologías o leyes limitadoras de la familia.

 

No todo lo que es técnicamente factible es éticamente aceptable, y cualquier plan de acción u omisión debe ser sopesado por sus efectos directos o concomitantes. Con este punto de vista como fondo, mencionaré –además de los posibles efectos globales ya descritos- otros problemas de orden más concreto donde tecnologías en desarrollo rápido exigen una actitud de cautela y realismo. Primeramente, la producción de energía.

 

Solamente hay tres posibles fuentes básicas de energía: la irradiación solar sobre la superficie terrestre, los cambios de orden geológico (mareas, calor interno del planeta), y la energía nuclear. De la energía recibida del sol brotan también las energías relacionadas con el agua (en centrales hidráulicas) y con el viento, además de la utilización directa del calor absorbido en algún tipo de tanque, o la luz en células fotoeléctricas. También es energía solar concentrada la que se obtiene de combustibles fósiles o de vegetales actuales y renovables.

 

En todas estas opciones es necesario considerar beneficios, coste y aplicabilidad más o menos universal y directa. Son los ingenieros y economistas los que pueden dar su opinión en cada caso, y difícil será que una respuesta tenga todo en su favor para todos los momentos y lugares. Creo que podemos dar por supuesto que no es posible producir energía sin algún efecto secundario desagradable , y no es una opción el pedir que se vuelva al modo de vida de la prehistoria ni que gran parte de la humanidad viva en condiciones de miseria. Sería deseable que ninguna estructura técnica afease un paisaje, pero también es obvio que la inmensa mayoría de nuestras viviendas no lo embellecen, y son necesarias. Lo mismo puede decirse de unos generadores eólicos sobre una montaña o –con menos base objetiva- de un embalse.

 

En zonas restringidas del planeta puede ser la fuente ideal de energía el calor interno: donde hay rocas de alta temperatura relativamente cerca de la superficie, centrales geotérmicas, sin contaminación alguna ambiental ni peligro para nadie, pueden aprovechar ese calor inyectando agua que –una vez a alta temperatura- se utiliza para turbinas eléctricas y luego, ya fría, vuelve a inyectarse a la fuente de calor, en un ciclo cerrado. Curiosamente he leído que grupos ecologistas se han opuesto a esa solución, mencionando el posible efecto de un terremoto. No sé qué temen de ello: yo solamente puedo ver como peligro la pérdida económica de que se estropeen los aparatos.

 

Algo parecido puede decirse de soluciones locales como las mareas o el viento o la utilización directa del calor y luz solares. Ni el Sol es utilizable las 24 horas del día, ni hay suficiente sol en latitudes lejanas del ecuador o donde la nubosidad es casi constante. Toda central solar necesita algún tipo de sistema accesorio para almacenar energía y obtenerla durante la noche, o para producirla cuando el período sin sol es prolongado. Esto impone una doble inversión económica, añadida al coste inicial de producir células fotoeléctricas o su equivalente como captador de la radiación del Sol. Y es posible que extensiones de terreno cubiertas de células fotovoltaicas (fuera de un desierto) causen un daño de otro tipo ocupando terreno destinado a la agricultura o a plantas silvestres que mantienen el Oxígeno de la atmósfera.

 

De las fuentes de energía no contaminantes , eficientes y seguras en cualquier ambiente y en todo tiempo, creo que la energía nuclear de fisión (con Uranio enriquecido) es la más clara y comprobada. En Estados Unidos hay más de 100 centrales, que suministran casi la cuarta parte de la energía del país, sin que hay habido ni una víctima de su funcionamiento durante 50 años. Algo parecido puede decirse de Francia. Más y más frecuentemente se vuelve a afirmar que esta es la solución inmediata para países en todos los niveles de desarrollo. Sólo en la Unión Soviética –donde se prestó menos atención al diseño seguro y al control de funcionamiento- se dio la catástrofe de Chernobyl, que sirve aún como pretexto para negar la opción nuclear donde, en muchos casos, no se ofrece una alternativa viable.

 

Hay que reconocer que las centrales nucleares exigen un control muy constante para evitar que se conviertan en fuentes de material para bombas atómicas, y también para depositar en lugar seguro los desechos radioactivos que producen. Esto último se facilita por su pequeño volumen (comparado con las cenizas de una central de carbón), y porque los elementos radioactivos de larga vida son precisamente los de menor intensidad de radiación. Ambos problemas prácticamente desaparecerían de conseguirse la fusión nuclear, que aún no parece factible después de 50 años de trabajos de laboratorio.

 

Es posible que el desarrollo de técnicas ya conocidas nos lleve a la "economía del Hidrógeno", en que se convierte este elemento en el combustible universal, obtenido por hidrólisis del agua y que da como residuo otra vez el agua inicial. Solamente problemas de eficiencia y transformación de sistemas ya establecidos parecen ser obstáculos a esta solución: cualquier fuente de energía, en cualquier lugar, se utilizaría solamente para descomponer el agua y los gases obtenidos, en bombonas como las del butano actual, sustituiría a los combustibles líquidos o sólidos. Sin ser un ingeniero, me siento atraído desde hace años por la sencillez conceptual de esta propuesta. La objeción repetida que subraya el peligro de una explosión del tanque de Hidrógeno no es, en realidad, de un orden distinto que el mismo riesgo en el caso del butano o de la gasolina normal.

 

En la producción de alimentos se debate el uso de fertilizantes, insecticidas y mutaciones genéticas. Solamente por esas técnicas es posible alimentar a la población actual y prever la capacidad de hacer lo mismo con una población muy superior. Abonos más o menos naturales se han usado desde hace milenios; selección de variedades de plantas y animales domésticos es ingeniería genética de uso universal, aun por razones de preferencia estética (pensemos en la variedad de perros y gatos). No hay, en principio, razón alguna de temer alimentos mejorados con esas técnicas aunque la tecnología actual permita lograr cambios más rápidamente y con efectos más previsibles. También puede la genética conferir inmunidad contra pestes o lograr que de productos comunes se obtengan medicamentos difíciles de lograr de otra forma.

 

Con respecto a insecticidas, es conocido el abandono del DDT por atribuirle efectos nocivos sobre pájaros (debilitando la cáscara del huevo) o causando esterilidad. No discuto esos efectos indeseables, y tal vez su prohibición esté justificada, pero es también una afirmación no desmentida el que miles de niños en países pobres mueren de malaria por picaduras de mosquitos que antes eliminaba el DDT: no se ha proporcionado un arma igualmente eficaz contra los portadores del virus.

 

En años recientes se ha afirmado que líneas de alto voltaje, aparatos de micro-ondas, teléfonos móviles y casi todos los aparatos eléctricos, causan trastornos de salud a quienes los usan o están cerca de ellos. No he visto ningún artículo científico con pruebas irrefutables de que eso ocurra, ni he encontrado a ningún objetor que quiera prescindir de la electricidad en su vida diaria. Una y otra vez nos encontramos con que cualquier elección tiene aspectos positivos y negativos, y tal vez la única norma –ya antigua- es la de la moderación: todo puede ser dañino en exceso (aun el agua y el Oxígeno) y todo puede ser aceptable y aun necesario en cantidades mínimas (los "oligoelementos", e incluso venenos).

 

No es correcto decir que si algo me perjudica en una cantidad notable, causando tal vez una muerte rápida, debo evitarlo porque a largo plazo también me dañará en cantidades mínimas: el calor del agua hirviendo me quema en un segundo, pero el del agua tibia no me quema en un día entero. Esto puede ser aplicable a contaminación de plomo, arsénico, cloro… Incluso la radioactividad del radón (que puede acumularse en el sótano de viviendas construidas sobre rocas con un pequeño contenido de Uranio) parece ser beneficiosa: en zonas donde eso ocurre en Estados Unidos se encontró una menor incidencia de cáncer!.

 

Por último quiero referirme a la ya incipiente modificación del proceso reproductivo humano, con tecnologías de fertilización in vitro , de modificación genética de los gametos, de la utilización de embriones como fuente de piezas de reparación para enfermos, de clonación. Es aquí donde la base ética tiene que mantenerse incólume: el individuo no es nunca una "cosa" de la que se puede disponer para satisfacer el capricho ni aun la necesidad de otro. Sólo para el bien del sujeto, y respetando siempre su dignidad y derechos, se puede intervenir sobre su cuerpo, en cualquier estadio de su desarrollo. No hay nada creado de dignidad superior a la del individuo, Imagen y Semejanza de Dios, cumbre de la Naturaleza.

 

Incluso hay que subrayar, como lo hizo Juan Pablo II ante la ONU , que la sociedad es para el individuo , no al revés. Ninguna sociedad ni régimen político ni estructura humana a cualquier nivel, aun de organismo internacional, tiene un destino eterno, pero sí cada persona. Y las palabras de Cristo " Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos, a mí me lo hacéis" serán, finalmente, la norma de salvación o rechazo para cada uno de nosotros, sin excusas de eficiencia ni economía ni "corrección política" en un momento o ambiente determinado.

 

CIENCIA Y TECNOLOGÍA: ¿EL NUEVO ÁRBOL DEL PECADO ORIGINAL?

 

A veces se ha dicho que la ciencia es algo pecaminoso, casi diabólico. Pero la ciencia es conocimiento, comprensión de la obra de Dios, y el conocer es siempre bueno. Dios, que es la infinita Bondad, lo conoce todo, y Él ha puesto en nosotros esa ansia de encontrar Verdad y Orden en cuanto nos rodea. La ignorancia es una privación, y nunca resuelve ningún problema, por eso la Iglesia , de una manera explícita en el Concilio Vaticano II y en la Encíclica " Fides et Ratio " de Juan Pablo II, exhorta a los científicos a buscar siempre la Verdad en su campo, y quiere que la Iglesia esté presente en ese quehacer humano, algo de lo que la humanidad puede enorgullecerse, aunque no tuviese consecuencias directas sobre nuestro modo de vida. Por eso hay un "Observatorio Vaticano", dedicado a la más "inútil" de las ciencias, la Astronomía.

 

Pero nuestro conocer científico tiene luego aplicaciones prácticas, algunas inmediatamente previsibles y otras no. Se cuenta que alguien preguntó a un diletante de la electricidad primitiva, que le enseñaba sus "juguetes" de laboratorio que producían chispas y atracciones y repulsiones, "Y esto, ¿para qué sirve?". Y él contestó: "Y ¿para qué sirve un bebé recién nacido?". De un modo semejante se dijo que el láser era "una solución en busca de un problema" allá por 1960: nadie sabía para qué podría utilizarse. Es digno de admiración el optimismo de grandes empresas que dejan a científicos eminentes trabajar en lo que quieran , sin exigirles productos vendibles cada cierto tiempo, confiando en que su deseo de conocer mejor la naturaleza será utilizable finalmente. Así se logró el transistor, el láser, el pegamento instantáneo que pega hasta los dedos. Y otros productos, sin buscarlos, resultaron de la actitud alerta de quienes trabajaban en algo totalmente distinto, como el horno de microondas. Así se desarrolla la tecnología en direcciones inesperadas: pensemos en la informática, con Internet, correo electrónico, GPS, teléfono por satélite.

 

Si la ciencia se convierte en tecnología, dando no solamente conocimiento sino la capacidad de influir en la naturaleza y en la sociedad, entra en juego en ese uso el considerar las consecuencias de su utilización práctica (o de no aplicarla). Si se pudiese ofrecer al mundo una vacuna contra el cáncer u otra enfermedad y no se hiciese, sería un crimen el silencio. Lo sería también el utilizar la tecnología para imponer cualquier tipo de tiranía o restricción de la dignidad de una persona. No es la ciencia la culpable, sino su aplicación contra la ética: la ciencia primitiva de hacer fuego es la base de nuestra supervivencia, pero puede usarse para hacer daño. Lo mismo puede decirse de la electricidad, de la energía atómica. Y cuanto mayor es el dominio que la tecnología permite sobre el mundo que nos rodea, y sobre nuestro propio cuerpo, más importante es mantener una actitud de discernimiento ético. En este sentido, nunca ha sido la tecnología tan claramente un arma de dos filos, afectando no sólo a nuestro entorno actual, sino a toda la humanidad actual y futura y al mismo planeta Tierra que nos sostiene.

 

En el relato bíblico del Génesis, el "Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal" simboliza la autosuficiencia de querer erigirse en árbitro absoluto de lo que está bien y lo que está mal, para ser como Dios sin admitir responsabilidad ante nadie. Esta es también ahora la tentación de todos los regímenes como el Comunismo y el Nazismo, que convierten al individuo en un engranaje, una cosa útil o no, para una sociedad automática y sin alma. Pero en nuestra Fe toda la humanidad es una familia, donde todos somos hijos queridos del Padre Creador. Solamente así podemos gozar todos de sus dones, de esta hermosa Tierra que es patrimonio común, y de donde la materia de nuestros cuerpos está destinada a participar eternamente de la vida misma de Dios.

 

 

Manuel Mª Carreira Vérez, S.J

 

Universidad Pontificia Comillas

Observatorio Vaticano

 

 

 

 

 

APÉNDICE: EL EFECTO INVERNADERO

 

Debe recordarse que el efecto invernadero se debe –en casi un 90%- al vapor de agua, de modo que cualquier agente que influya en su abundancia es mucho más importante que los que afectan a otros gases como el CO 2 o el metano. Rara vez he visto que se discuta la variación de la humedad atmosférica y sus posibles causas. Una de ellas puede buscarse en la correlación, bien establecida, entre la actividad solar y la temperatura terrestre, que se estudió hace tiempo con respecto al Mínimo de Maunder, ya mencionado, y que se cumple en los últimos tres siglos en que tenemos datos abundantes del número de manchas en el Sol. Esta correlación es mucho más clara que la que se establece con respecto al aumento de CO 2 . Y cualquier aumento de temperatura –por actividad solar- lleva a la emisión de CO 2 disuelto en los océanos (una cantidad 500 veces mayor que la que se encuentra en la atmósfera).

 

Uno de los efectos -experimentalmente comprobados- del aumento de CO 2, es el desarrollo y crecimiento rápido de todo tipo de plantas, que luego consumen el CO 2 en la función clorofílica. Unido esto a la mayor eficiencia de la agricultura moderna, que libera grandes extensiones de terreno para extender zonas de bosques (antes dedicadas a cultivos o forrajes para animales de carga) se da el resultado sorprendente de que -en el país más mencionado como culpable de la contaminación atmosférica, los Estados Unidos- la superficie de bosques ha aumentado constantemente desde 1920, y solamente la zona de montañas verdes del Este del país (los Apalaches) consume más CO 2 que cuanto produce la industria actual americana. (estudio de las universidades de Princeton y Columbia, publicado en Science en 1998). Son los países menos industrializados los que queman madera y rompen el equilibrio entre agricultura y efectos de la búsqueda de recursos energéticos.

 

Noticias alarmantes acerca de la pérdida de hielo en Groenlandia y la Antártida , acompañadas de fotos impresionantes de grandes murallas glaciares cayendo al océano, son buen material publicitario, pero no reflejan lo que ocurre como dato científico. Esos gigantescos bloques de hielo siempre se han desprendido, precisamente por el empuje de nieve-hielo que cae en las alturas donde arrancan los glaciares, no porque el hielo se funda (no puede fundirse a las temperaturas que allí reinan, muy debajo del cero). En la Antártida , "el balance de masa del hielo es positivo" (Dr. Karlén, Universidad de Estocolmo); en Alaska, se afirma un descenso de temperatura en los últimos 50 años (Prof. Polyakov, Univ. De Alaska, 2003). Y el cálculo del efecto de la posible pérdida total de hielo en Groenlandia y la Antártida en el nivel del mar es de 3 centésimas de milímetro al año, tres milímetros por siglo al ritmo actual.

 

Se ha dicho que el hielo del Ártico está desapareciendo. Los datos indican fluctuaciones a corto plazo. Espesor normal o superior al normal desde 1971 a 1981, pérdida de un 15% del 81 al 82 y de nuevo valores normales o superiores del 1983 a 1995. Disminución de un 30% de 1996 a 1998, y luego una recuperación a situación normal en el 2001 (Dr. Morgan, Univ. de Exeter). Por los diarios de navegación de barcos en esa zona durante 500 años, se puede afirmar que en 1700 ya ocurrió un retroceso del hielo semejante al actual. En la Antártida , las temperaturas han sufrido un descenso en los últimos 30 años (Dr. Doran en Nature ) y el hielo cerca del Polo Sur está aumentando de espesor.

 

En 1998, más de 18.000 científicos firmaron una carta afirmando que "No hay evidencia convincente de que la producción humana de dióxido de carbono, metano u otros gases de invernadero esté causando, o cause en el futuro previsible, un calentamiento catastrófico de la atmósfera terrestre o un trastorno del clima de la Tierra " Por eso se oponían a aceptar el protocolo de Kyoto . Y un artículo adjunto del Dr. Arthur Robinson (físico-químico) añadía: "Las predicciones de efectos climáticos nocivos debidos a pequeños aumentos futuros en gases de impacto menor para el efecto de invernadero, como el CO 2, son erróneas y no corresponden a los datos experimentales que hoy tenemos".

P. Manuel Carreira SJ